Ya había rendido todas las materias de la facultad, solo me quedaba el año de internado rotatorio.
Se venía el verano y había conseguido un pseudoempleo de pseudomédica en una pileta por la zona de Ezeiza, en una pileta de sindicato, de más está decir que el pago era malísimo, pero estaba contenta.
Sentimentalmente estaba mal, no sabía para dónde iba una larga relación pero la vida y los días de ese verano sin perspectiva tenían que pasar.
Nada mejor que viajar en colectivo desde mi casa hasta Ezeiza entonces, 1hs 45minutos de ida y lo mismo de vuelta, revisar piojos y atender niños de colonia, esa era la misión.
En el viaje la música me acompañaba y sonaba Joaquin Sabina con su canción Dieguitos y Mafaldas, sobre todo porque me tomaba el mismo colectivo 86 que la protagonista, justo ese que al volver decía Cancha de Boca por Laguna, viajaba y pensaba qué sería de mi el próximo año, si iba a poder cumplir mis sueños de médica, si algún amor me iba a llenar la vida y creo que no mucho más. Fue un verano de introspección, luego con la aparición de un pequeño romance de pocas semanas, y un sentimiento enorme de que la vida estaba cambiando, que era el principio de algo.
No puedo evitar acordarme todo aquello cada vez que escucho ese disco de Sabina o cada vez que voy por la autopista Riccheri y paso por la puerta de ese lugar.
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